22 Oct 2014

Debajo del puente

Debajo del puente

Octubre y el otoño siempre me han gustado. Son fechas en las que el tiempo, que se torna gris y frío, hacen que mi estado de ánimo sea positivo y alegre… no me preguntéis por qué pero me gusta.

Con estas fechas siempre llegaba la rutina en León, una rutina que a mi me encantaba, las mañanas en el instituto o la universidad y por las tardes la cita obligada debajo de aquel puente en el margen izquierdo del Bernesga. Un puente que servía de refugio a las ilusiones de jóvenes y no tan jóvenes. Mi hermano, Borja, Paquito, Toño, Cánovas… íbamos llegando uno a uno y mientras esperábamos la llegada del líder, para mí más espiritual que terrenal, jugábamos a soñar. Soñábamos con ritmos imposibles, montañas lejanas e inalcanzables, medallas… En fin, la ilusión se palpaba en el ambiente mientras ese puente escuchaba nuestras conquistas y batallas inútiles. No teníamos miedo a ganar nuestras peculiares batallas pero si teníamos una fuerza que nos hacía invencibles, esa fuerza con los años le he puesto el nombre de ilusión. ¿Porqué nos hacía invencibles? Muy sencillo, no teníamos miedo al fracaso.

Cuando menos lo esperabas aparecía la figura del “mister”. Paco Arcilla es una persona difícil de definir. Es el problema que tienen las personas únicas, aquellas que no siguen caminos marcados y que se hacen a ellos mismos. Algunos decían que era más raro que un “perro verde” y quizás no les faltara razón. Cuando Paco aparecía, todos estábamos expectantes a sus primeras palabras. No dejaban indiferente a nadie. A veces daba la sensación que hablaba por hablar y el tono cachondo y jocoso que utilizaba en sus interacciones verbales con sus discípulos, cada vez tengo más claro que no era pura casualidad. Cuando nos imaginamos la figura del entrenador solemos ver a un gurú de la ciencia deportiva, buscador de talentos y que gracias a sus métodos revolucionarios es capaz de que la máquina humana rompa barreras físicas. Paco se separa bastante mucho, como se suele decir, de esa figura. Paco es un entrenador del alma. Si he dicho bien, y me quedo tan ancho. Paco se centra en el alma, o al menos eso ha hecho conmigo. Potencia la capacidad humana de la persona y logra sacar lo mejor de uno. Cuando miro hacía atrás, veo todos los cambios que se han producido desde que me enrolé en las filas de su ejercito. Más haya de que hayamos pasado de rodar de 5:30 a 3:30, está el verdadero cambio. Poder vivir sin odio, rabia, rencor, miedo al fracaso. Vivir el presente sabiendo que la único que realmente tenemos seguro es la muerte… eso no tiene precio. Cuando aceptas la muerte como destino final, todo se vuelve mucho más fácil. La relación con tu pareja, con tu familia, en el trabajo… todo es mucho más sencillo. Aprendes a aceptar todo lo que te viene, bueno y mal, y te dedicas a disfrutar.

A veces, nos cegamos con medallas, marcas, lujos… la verdad que los cantos de sirena de estos vienes materiales son irresistibles, pero una vez lo consigues… se acabó. El vacío que te dejan es terrible. Ahora entiendo porque Arcilla siempre que le hablamos de números, puestos, conquistas siempre decía: “menuda mierda” . Sin embargo, siempre que le hablamos de lucha, de emociones, de ilusiones escucha atento.

Han ido pasando los años y cada uno de aquel grupo ha tenido que ir eligiendo un camino para conseguir ser feliz, único objetivo válido y realmente gratificante. Espero que aquel grupo de guerreros vuelva a reunirse pronto en aquel puente del margen izquierdo del Bernesga para ver cómo va la lucha y de paso tomar un copa de vino.

Si “mister”, para ti con gaseosa.

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